Tridio Alonge. Lapida funeraria vadiniense

Tridio_Alongun

Tridio Alongun. © Wikipedia

TRIDIO ALONGUN

BODE(ri) F(ilio) VA(diniensi), AN(norum) XXV

FRONTO DIODERI

GUM AMICO SVO

POS(v)IT H(ic) S(itus) E(st)

T(erra) L(evis)

 

Esta lápida fue hallada en 1933 próxima al Arroyo que discurre por la localidad leonesa de Remolina, cerca de su confluencia con el río Esla. Es una lápida funeraria vadiniense dedicada a Tridio Alungun o Tridio Alonge, perteneciente a la familia o clan de los Boderos Vadinienses (pueblo cántabro). El dedicante es su amigo Fronto Dioderi.

En ella podemos observar que falleció a la edad de veinticinco años. Además, aparece una simbología muy unida a este pueblo, como es el caballo, y flanqueado a éste se encuentran dos ramas que representan, presuntamente, el Tejo, un árbol venerado por esta cultura. Además, debajo de cada rama aparecen dos símbolos, el de la derecha, un círculo perfecto, que puede representar al sol, y el de la izquierda una especie de media luna.

Finalmente, la inscripción finaliza con la frase Posuit Hic Situs Est Terra Levis, manifestándonos que aquí yace el cuerpo de Tridio Alonge, podríamos traducirlo como: “puso este monumento donde aquí está enterrado, tierra leve”.

Otra peculiaridad que vemos en esta lapida, es que aparecen las hojas de hiedra que servían para separar las palabras, pero en este caso su función seria decorativa, por lo tanto, incorporaron estos símbolos posiblemente como una “moda”, quizás sin saber realmente su función.

El soporte que utiliza en este caso es el de un gran canto rodado donde se ha cincelado la inscripción y la decoración de la que hemos hablado anteriormente. Este tipo de estelas funerarias suelen aparecer cercanos a cursos fluviales, y en cuanto a la escritura, podemos decir que carece de gran homogeneidad, aunque su autor ha hecho un esfuerzo para mantener las letras en un mismo nivel.

 

Los Concejos en la Montaña de Riaño. Pequeñas pinceladas sobre su historia

“…el concexo y vecinos del lugar de Varniedo, estando xuntos y congregados, por son de campana tañida, como lo tenemos de uso y costumbre de nos xuntar para tratar y conferir las cosas tocantes al servicios de Dios, nuestro Señor, bien y provecho deste dicho concexo…”

Ordenanzas de Barniedo. 1632

A través de los estudios, documentos y las ordenanzas analizadas hemos podido comprobar como el Concejo era al pueblo como el pueblo era al concejo. Estos dos elementos constituyeron desde tiempos inmemoriales[1] un elemento indivisible para el buen funcionamiento de los pueblos y aldeas, las cuales se definían políticamente como comunitarismo con un alto grado de gobierno, lo que nos cabe preguntar si estas comunidades, durante la Edad Moderna tuvieron consciencia o sentimiento de pertenecer a un ente superior o simplemente consideraban a su concejo como el poseedor del poder fáctico de gobierno.

El poder del Concejo sobre el núcleo poblacional parece ser total, regía desde el pequeño comercio que se daba, los pastos, los montes, los cotos, los entierros,… una gran amalgama de temas relacionados con la vida en sociedad y el buen gobierno como así era denominado por las propias ordenanzas. Todo ello se hacía en base al derecho consuetudinario[2], el derecho tradicional transmitido de generaciones en generaciones, por tanto, el concejo es el mantenedor de las leyes y derechos tradicionales, quien juzgaba y sancionaba, quien regía y servía al interés común de una sociedad anclada en su pasado.

La zona geográfica estudiada presenta unas características geográficas que sirven de cápsula, de una gran cúpula en la cual el mundo parece detenerse y por tanto, los cambios sociales se han dado en menor cuantía, perdurando tradiciones ancestrales hasta bien entrados en periodos recientes.

Ligado al concejo estaba presenta la ley de la costumbre, la ley tradicional que venía de siglos pasados, el llamado derecho consuetudinario era el legislador de estas gentes que basaban su capacidad legal en la tradición, sus relaciones y su forma de vida en un derecho basado en la costumbre, en unas raíces profundas de sus cimientos sociales que mantenían a toda costa a través de la oralidad, pero que en tiempos más avanzados durante la Edad Moderna se registraron por escrito para hacer más visible el poder legislador de ese pasado en una sociedad que no aceptaba el cambio.

Ese aislamiento benefició a su autogobierno, pero también fue su condena a la hora de tener una mayor proyección económica, social y política, es decir, las comunidades de la Montaña de Riaño prácticamente fueron dueños y señores de sus tierras, de sus huertos y de sus montes, la intervención de jurisdicciones de realengo, señorial o eclesiásticos tuvo una menor incidencia que en otros lugares, pero a su vez fue su condena para una avance en todos los ámbitos.

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